Muchos, o casi todos, somos conscientes hoy del deterioro de Cuba: de su sociedad, de su educación y de tantas otras áreas esenciales. Son muchos los que afirman que Cuba no tiene arreglo, que el daño alcanzó a todas las generaciones, que ya no hay ética ni principios. Podemos estar o no de acuerdo con esas afirmaciones. Yo te comparto mi visión.
Creo que, de una forma u otra, todos fuimos tocados. Nos mintieron. Aprendimos de la vida desde el adoctrinamiento, sin saber realmente qué existía más allá de nuestras fronteras; muchos, incluso, sin conocer qué había fuera de nuestra propia provincia. Pero también aprendimos a compartir lo poco que teníamos, y a ser felices con casi nada.
Es cierto que los menores de 30 años han recibido quizá el golpe más duro del deterioro, en todas las áreas de la vida, especialmente en la educación. Sin embargo, quienes hoy tenemos más de 30 y logramos salir al mundo, tuvimos que aprender de nuevo, casi como niños. Pero no partimos de cero. Traíamos con nosotros semillas profundas: la de compartir, la de emprender, la de luchar por los nuestros. Traíamos, además, un deseo ardiente de triunfar, de libertad y de servir a nuestra causa.
No existe en el mundo una persona que haya tenido que enfrentarse a tantos obstáculos, a tanto adoctrinamiento y a tanta impotencia como los cubanos. Y no hay nada que forje más carácter, más perseverancia y más grandeza interior que una vida llena de desafíos, que obliga a reinventarse una y otra vez para salir adelante y servir a los suyos. Eso, aunque no lo parezca, es un privilegio que marca a los cubanos.
Quienes tenemos entre 30 y 50 años recordamos que, en algún punto de nuestra vida escolar, tuvimos buenos maestros. Personas que dedicaron su vida a enseñar con amor, sin imaginar lo miserable que sería su vejez en aquella Cuba comunista. Dejaron huella. Quizás no aprendimos contenidos extraordinarios, pero aprendimos valores. Y agradecemos lo aprendido, porque más tarde tuvimos que desaprender mucho para poder pensar con claridad, elevar nuestro merecimiento y comprender que el comunismo, los Castro y su servidumbre concentraron lo peor que puede acumular un ser humano.
Ese despertar alimentó nuestro deseo de libertad, de un país distinto, de apoyar a nuestras familias y a nuestro lugar de origen.
No importa lo que digan. Quienes crecimos en esa Cuba compartimos un dulce, un turrón de maní, el guante y la pelota. Usamos el mismo pulóver y el mismo pantalón, prestados unos a otros, en cada fiesta. La carriola pasaba de casa en casa. Vivimos pobres, pero con las puertas abiertas.
Mientras hoy cada quien vive encerrado en su teléfono, nosotros veíamos la televisión en grupo, porque en un pueblo no todos tenían una, y muy pocos contaban con un reproductor de VHS. La película de uno era la película del pueblo.
Esa semilla vive en nosotros.
Y mi fe me dice que esas miles de semillas que hoy están esparcidas por el mundo, que han aprendido, que han crecido, que han construido vidas exitosas, un día darán frutos. Frutos para los que están dentro y fuera. Muchos seremos luz, para iluminarnos unos a otros.
El momento se acerca en silencio.
Y seguiré creyendo, incluso si algunos lo llaman ingenuidad, que tenemos el país más hermoso del mundo. Y que cuando esas semillas comiencen a florecer, no solo recuperaremos un país: nos recuperaremos como sociedad.
“La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella o decidirse a comprarla por su precio”.
— José Martí