La libertad no se negocia, una reflexión sobre Bukele, El Salvador y el futuro de nuestras naciones

Soy cubano y como cualquier otro de mi tierra deseo la libertad para mi país. Fuera los Castro, fuera la corrupción y sus servidores comunistas. Esta convicción es la que me hace observar con atención los procesos políticos en el continente y aprender de ellos. Por eso quiero hablar de Nayib Bukele.

Es innegable que Bukele ha sido una inspiración para millones. Ha demostrado que es posible devolverle esperanza a un pueblo golpeado por el crimen y la desconfianza. Su lucha por transformar El Salvador lo ha convertido en un referente. Sin embargo, debo decirlo con claridad: su decisión de abrir la posibilidad de perpetuarse en el poder no tiene justificación.

Aunque sus intenciones fueran genuinas, aunque creyera que solo él puede garantizar el progreso, un líder que entiende lo que significa la libertad no puede romper el principio fundamental de una Constitución. Hacerlo abre la puerta a que otros, mañana, lo hagan con fines más oscuros. Y esa puerta nunca debería abrirse.

Como cubano, lo tengo muy claro. Mi país también puso su fe en un hombre que prometía servir al pueblo. Sesenta años después, vivimos las consecuencias de esa fe ciega: una nación destruida, empobrecida y sin libertades. No hay excusa para romper los límites del poder. La verdadera libertad no depende de una persona, sino de las leyes que la garantizan.

Cuando un presidente rompe la Constitución para perpetuarse, aunque gobierne bien, destruye todo lo que dice defender. Porque un pueblo que entrega su libertad a un hombre, la pierde para siempre.

Qué grandes fueron los Padres Fundadores de Estados Unidos que, con visión de futuro, entendieron que ningún gobernante puede alterar los límites del poder para quedarse en el cargo. Gracias a esa visión, su país sigue siendo libre más de dos siglos después.

Cuando a los cubanos nos toque reconstruir nuestra tierra, espero que tengamos este principio como el más alto e inquebrantable: la libertad no es negociable. La Constitución debe ser el credo que guíe a un pueblo que nunca vuelva a poner su fe en una sola persona, porque cuando un hombre sustituye a la ley, la libertad muere.

“El peligro más grande para la libertad está en confiar demasiado en los hombres en el poder”.

— James Madison

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