Resistencia, fe y una promesa que aún no se ha roto
Muchos cubanos no eligieron salir de su país por comodidad, vanidad o aventura. Lo hicieron porque algo dentro de ellos ya no podía más. Porque entendieron que seguir viviendo en la mentira era renunciar al futuro. Se marcharon con el alma partida, pero con el corazón firme.
Dejaron hijos, parejas, madres, padres, abuelos. Dejaron historias, caminos, costumbres. Lo hicieron creyendo que sería solo una pausa. Pero esa pausa se ha vuelto años.
El documento I-220A, ese papel sin rostro, se ha convertido en una condena silenciosa. Les impide salir, regresar o estar presentes en los momentos más importantes: nacimientos, entierros, cumpleaños y abrazos necesarios. Muchos han perdido seres queridos durante este tiempo y no han podido despedirse ni agradecer todo lo que hicieron por ellos. Esa herida no se ve, pero arde.
Quienes dejaron hijos saben lo que significa verlos crecer por una pantalla, escuchar su voz sin poder abrazarlos y responder con emojis lo que se quisiera decir con besos. Las mujeres que esperan en Cuba crían solas, sostienen hogares vacíos y explican ausencias que no tienen fecha de regreso. Las que están en Estados Unidos trabajan sin descanso, soñando con reunir a sus hijos, aunque no sepan cuándo ni cómo.
Los hombres, por su parte, cargan una vergüenza que no merecen, una culpa que no eligieron, el deber de proveer desde lejos y la incomprensión de quienes no conocen este sacrificio. Aun así, se mantienen firmes, con la fuerza de quienes nunca se rinden.
Esta es una generación partida, sin embargo no vencida. Somos figuras de transición. Venimos de un país que amamos, que fue secuestrado por un gobierno que no nos representa. Estamos construyendo un futuro donde nuestros hijos no tengan que huir.
No tenemos respuestas, aunque sí propósito. No tenemos seguridad, pero sí fe.
Y aunque no hayamos elegido esta separación, sí hemos decidido resistirla con dignidad. Marco Aurelio escribió que el alma se fortalece en la adversidad. Viktor Frankl dijo, Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos. Y Cristo nos enseñó que el amor más grande es el que se entrega sin medida.
Esa es la entrega que vivimos cada día: una lucha invisible, una espera silenciosa, un sacrificio sin medallas.
El mundo debe saber que no somos víctimas. Somos padres, madres, hijos que honran a los suyos. Somos cubanos que no se resignan.
También soñamos con un país libre
Con ver caer al poder que destruyó nuestro país
Que nos condicionó a dejar nuestro hogar
Que nos privó de vivir en libertad
Y cuando ese día llegue
No será solo una transición de gobierno
Será una liberación del alma
Será el cierre de una herida del pueblo
Y la reconstrucción de una Cuba digna y verdadera
Libre de represión
Libre de cadenas
Por ahora, seguimos aquí. De pie. Con fe. Y con la certeza de que todo esto, un día, valdrá la pena.